INSTITUTO DOMINICANO DE GENEALOGÍA, INC.

Cápsulas Genealógicas

 

SECCIÓN SABATINA DEL DIARIO Hoy

SÁBADO, 20 DE SEPTIEMBRE DEL 2014

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UN CONDENADO DE ALCURNIA

Preparado por Joan Manuel Ferrer Rodríguez

 

La genealogía de Lorenzo Suárez de Figueroa nos remite, casi sin preámbulos, a dos de las más rancias estirpes de la Castilla bajomedieval. Del lado paterno, representado por el poeta toledano, Garcilaso II de la Vega, sus abuelos fueron don Pedro Suárez de Figueroa, Garcilaso I de la Vega, y doña Sancha de Guzmán. Mientras que, por la vía matrilineal, correspondiente a la discreta doña Guiomar Carrillo, los abuelos fueron don Fernando de Ribadeneira y doña Teresa Carrillo.

Aún cuando Lorenzo, hijo natural, nacido cerca de 1521, recibió una esmerada educación, sólo aparece reconocido en un escueto párrafo del testamento de su padre, otorgado en Barcelona a mediados de 1529, en cuyo dispositivo el vate mandó que: “Don Lorenzo, mi hijo... siempre sea sustentado hasta que tenga alguna cosa de suyo. Doña Guiomar, a  su vez, le reconoce como primogénito en una escritura otorgada en Novés, en 1537, en la que le mejoró en el tercio y quinto de sus bienes.

De la lectura de los trabajos de Vaquero Serrano, se colige que los desafueros de Lorenzo arrancaron en 1541, año en que fue condenado a destierro en Orán, acusado de la autoría de unos pasquines contrarios al monarca. Un lustro más tarde, en 1546, nuestro malhechor ingresó en un coto del término toledano de La Guardia y perpetró allí, junto a otros, el asesinato del guarda de caza Diego García de Chiloeches. Mediante una provisión real, dada a últimos de 1546, se ordenó el apresamiento y juicio de los responsables y, en marzo de 1547, se dictó una sentencia que condenaba a Lorenzo al degüello y secuestro de sus bienes.

Hombre ducho en artimañas, Lorenzo logró evadir el brazo de la justicia y los pregones que procuraban impedir su paso a Indias. Tras un periplo por Andalucía y las Canarias, a finales de 1547 finalmente recaló, arruinado y sin blanca, en la ciudad de Santo Domingo. Allí frecuentó a los poetas Bejarano y Villasirga, con quienes debatió cuestiones de filosofía y letras. Su inquina, en cambio, la reservó para el resto del vecindario. Un testimonio de Esteban Dávila, por ejemplo, señala que el rufián llegó incluso a denunciar, como portadora de sangre judía, a la virreina doña María de Toledo.  

Impulsadas por el oidor Grajeda, las pesquisas de la audiencia iniciaron en 1548. Promediando el año, Lorenzo maridó con Ana de Pravia, hija de Francisco Díaz de Pravia y Beatriz de la Rocha, víctimas también de las invectivas del yerno. Posteriormente, el fiscal Estévez le acusó de haber cometido el “delito nefando contra natura” con su esclavo negro Luis. Asimismo, se le abrió proceso por nigromante y entró preso en marzo de 1549. Fue excarcelado el 26 de junio de ese año, previo pago de una fianza y, a la vuelta de varios meses, atacó a su suegro, infligiéndole unas heridas que resultaron mortales. En su atolondrada huida se refugió en la Catedral; luego se atrincheró en las obras de San Nicolás, donde fue herido, perdió abundante sangre, se desmayó y fue aprehendido.

Al confirmarse la muerte de Díaz de Pravia, la Real Audiencia evacuó una sentencia condenatoria que fue ejecutada el 11 de enero de 1550. En los prolegómenos del ajusticiamiento, Lorenzo se confesó, recibió la comunión y finalmente fue decapitado en la plaza pública de Santo Domingo. Lorenzo no procreó hijos con doña Ana de Pravia, quien ya viuda, contrajo segundas nupcias con don Cristóbal Colón y Toledo, hijo de don Diego Colón y doña María de Toledo, entroncando así con la línea de los Almirantes de Indias, duques de Veragua y marqueses de Jamaica.

 

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