INSTITUTO DOMINICANO DE GENEALOGÍA, INC.

Cápsulas Genealógicas

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SECCIÓN SABATINA DEL DIARIO HOY

SÁBADO, 4 DE AGOSTO DEL 2007

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FAMILIAS JUDÍAS EN SANTO DOMINGO (1 de 3)

Preparado por Antonio José Ignacio Guerra Sánchez

 

Antecedentes

Es realmente notable el despertar general y el creciente número de personas en todo el mundo que se sienten identificadas con el movimiento Bnei Anusim, descendientes de quienes fueron obligados a abandonar el judaísmo, tras las persecuciones en la península ibérica y las colonias españolas y portuguesas. Ante todo, es un error conceptual referirse a los apellidos de los Anusim como “apellidos judíos” o “apellidos de origen judío”. A partir de 1492 en España y 1497 en Portugal, dejaron de existir en estos territorios los apellidos judíos, fuera de contadísimas excepciones. Aquellos que tras la expulsión se quedaron en suelo ibérico, debieron convertirse al cristianismo. Por lo tanto, los apellidos de los Anusim y sus descendientes son aquellos adoptados tras el bautismo, los cuales, casi en su totalidad, eran apellidos ya existentes en la sociedad circundante. Pretender hoy hacer conjeturas de ascendencia judaica después de cuatro siglos de total inexistencia de pruebas genealógicas, es un anacronismo.

La genética es considerada por muchos como una formidable nueva herramienta para la genealogía. Muchos estudios étnicos y de apellidos ya han sido publicados en libros y en  la red del internet y algunos invitan a su participación. El proyecto etnográfico de la revista National Geographic está tratando de determinar las rutas migratorias de los antiguos colonizadores del planeta. Entonces, ¿porqué los interesados no acuden a estos métodos modernos para comprobar sus estirpes y dejan a un lado las teorías?

El judío hoy en día ya no es una raza, es una TRADICION; basta ver la cantidad de fisonomías diferentes que se observan en el Israel moderno: rubios de Europa Central y Oriental, morenos del norte de África y de Salónica, negros de Abisinia o Etiopía, sin incluir otras minorías desde sitios tan remotos como la India.

Los judíos de hoy se subdividen en: Sefardíes (del hebreo ספרדים “Españoles”, y su idioma es el “ladino” o castellano antiguo), Asquenazíes (de Europa central y oriental, cuyo idioma es el Yedish o “alto alemán”) y los Mizrahim (del hebreo מזרחים, “Egipto” u “Oriente” de lenguas árabes).

La destrucción del reino del Norte o Israel por parte de los asirios en el año 721 A.C.(2 Reyes 17, 1-6) significó la desaparición de diez de las doce tribus de Israel, sin que se tengan rastros de ellas, a excepción de meras especulaciones. Sólo sobrevivió el Reino del Sur o las tribus de JUDA y BENJAMIN. Es por eso que los hebreos serán conocidos desde ese momento por JUDIOS, una de las tribus a las que perteneció David, Salomón, la Virgen María, San José y por ende Jesucristo.

A raíz de la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén (año 70 D.C.) y la pérdida de todos los archivos religiosos y familiares, se hizo preciso convocar al Concilio de Jamnia (año 90 D.C.), próximo a la hoy ciudad de Tel-Aviv, para recomponer las leyes judaicas y establecer entre otras disposiciones la transmisión de la estirpe judía sólo por la vía materna en lugar de la paterna, como se tenía anteriormente. Hoy en día, cualquier ciudadano del mundo que pueda demostrar genealógicamente su ascendencia judaica a través de su abuela materna, es considerado JUDIO, y como tal puede optar por la ciudadanía del estado de Israel, con más autoridad que sus parientes y vecinos los palestinos (quizás descendientes más directos de Abraham a través de Ismael o Isaac).

Los judíos en España

Comunidades judías existen en territorio español desde tiempos remotos (siglo VII A.C.). El hallazgo de evidencias arqueológicas lo confirma. Llegaron con los fenicios (“pueblos del mar”, de la misma estirpe que los filisteos, a los que los reyes Saúl y David combatieron). Sufrieron persecuciones de los visigodos (reinado de Recaredo, año 587 D.C.) y se aliaron a los musulmanes en la conquista de la península ibérica (año 711 D.C.). Con la conquista árabe de España se inició en el Al-Andalus la época de mayor florecimiento judío-sefardí, y como paradoja del destino, en esas épocas los árabes eran sus mejores aliados.

La reconquista paulatina de la península ibérica por parte de los reinos cristianos propició, de nueva cuenta, un ambiente de tensión con relación a los judíos, que se siguieron desarrollando en la mayoría de las actividades financieras. Ese  proceso implicaba, para poder asegurar una verdadera unidad política y social, la uniformidad religiosa. A la conquista de Granada, último reducto musulmán en España, por parte de los Reyes Católicos Isabel y Fernando, siguió la firma del Edicto de la Alhambra, en el que se pedía o la conversión de los judíos españoles al cristianismo, o su salida definitiva del territorio en un plazo de tres meses. Unos optaron complacidos por la conversión, otros optaron por la conversión forzada (“marranos” o “Mar-anus que en hebreo significa “persona forzada”) y una gran parte decidió emigrar a Portugal, Italia y los países bajo el dominio otomano o turco (sobretodo a Salónica, Macedonia griega). En 1580, al quedar vacante el trono portugués, el rey de España, Felipe II, hijo de Isabel de Portugal y por tanto nieto del rey Manuel I, hizo valer su reclamación a dicho trono. Los judíos de Portugal, sumados a los emigrados de España, se vieron forzados a emigrar nuevamente, predominantemente a Holanda, enemiga de España y en guerra con esta por su independencia, y también a los puertos alemanes del mar del Norte y el Báltico.

No se tiene certeza de la cantidad de judíos que residían en España y Portugal antes de 1492; su número era menos de un 5% de la población, pero su participación económica era tan vasta que hacía pensar que eran la mitad de los habitantes ibéricos, y de ahí el surgimiento de Holanda como una potencia marítima y comercial de primer orden en contraposición con el declive de España y Portugal a partir de 1588.

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