INSTITUTO DOMINICANO DE GENEALOGÍA, INC.

Cápsulas Genealógicas

en

Alcázar de Colón de Luis Mañón

SECCIÓN SABATINA DEL DIARIO Hoy

SÁBADO, 16 DE FEBRERO DEL 2013

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ORIGEN DE LA GENEALOGÍA DOMINICANA (6 de 7)

Preparado por Julio Amable González Hernández

 

 

Resulta interesante que el historiador Emilio Rodríguez Demorizi en su obra “Familias Hispanoamericanas” publicada en 1959, propusiese  que se formara un instituto para el estudio de la genealogía en nuestro país. No fue sino hasta 1983, o sea 24 años después, que se fundó el Instituto Dominicano de Genealogía:

 

“Es de esperarse que en nuestro país se funde y prospere, como en el Brasil, Cuba, Costa Rica y otras partes de la América, algún Instituto de Estudios de Genealogía y Heráldica. La labor será bien importante y sugestiva, ya que incluirá como hemos apuntado la genealogía de los primeros pobladores del Nuevo Mundo. Es que los estudios genealógicos en Santo Domingo tienen un comienzo ilustre: Cristóbal Colón. Su hijo Fernando no dejó descendencia al morir en España. El continuador de la estirpe fue Diego, en su Palacio de Santo Domingo, y fuera de él, ya que tuvo descendencia natural.

 

Pero el linaje del Descubridor no se reproduciría sólo en la Isla en el hogar Colón-Toledo. En la ciudad vivían otros parientes del Primer Almirante, nacidos en Italia. Por Real Cédula del 13 de mayo de 1513 se permitió a Juan Antonio y Andrea Colón “estar en Indias, no obstante ser genoveses”. Una investigación rigurosa nos llevaría, quizás, a la determinación precisa, en el país, de descendientes del Descubridor: esa empresa la tendrán ante sí los futuros genealogistas dominicanos.

 

Para mayor utilidad de los investigadores se incluyen algunos Testamentos e instituciones de Mayorazgos y Relaciones de méritos y servicios, de tanta importancia para la ciencia genealógica.

 

No se trata de enaltecer ni de abultar abolengos ilustres, ya víctimas de la ironía de Cervantes en El retablo de las maravillas, ni de revelar la triste trayectoria de algunas familias dominicanas de verdadera importancia en el pasado, venidas a menos a causa de la pobreza pretérita, poco menos que general, consecuencia de las vicisitudes de la Isla. Ni se pretende estimular la vanidad común, sino de esclarecer el origen de la familia quisqueyana con fines de utilidad histórica y aún moral.

 

Podrá decirse que la hidalguía y la proceridad se heredan, pero también se quebrantan y anulan cuando el heredero se aparta de la conducta de sus antepasados. El hijo de un prócer de la República pierde su derecho a invocar su prosapia desde el instante en que es infiel a su Patria; el hijo de un filántropo o de una gran figura civil, también pierde la gloria de su abolengo desde que actúa en forma contraria a sus predecesores. Porque es mayor el delito de quien, por la sangre y la tradición, no debe cometerlo, sino ser fiel a su linaje “que los nobles que fueren distraídos y viciosos decía Aldana pierden la nobleza de los mayores”.

 

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