INSTITUTO DOMINICANO DE GENEALOGÍA, INC.

Cápsulas Genealógicas

en

Escudo de la familia Dávila

SECCIÓN SABATINA DEL DIARIO Hoy

SÁBADO, 9 DE MARZO DEL 2013

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ORIGEN DE LA GENEALOGÍA DOMINICANA (7 de 7)

Preparado por Julio Amable González Hernández

 

Para finalizar su introducción, Emilio Rodríguez Demorizi en su obra “Familias Hispanoamericanas”, publicada en 1959, entra en una serie de consideraciones éticas y morales aplicadas a la genealogía y a la familia, las cuales tienes validez en todos los tiempos y en todas las circunstancias:

“Por eso, la hidalguía, los timbres de la noble estirpe, siempre suponen en el individuo una actitud caballeresca en todos los aspectos de la vida, esa admirable y envidiable condición que se define con esta sola palabra: señorío; Nobleza obliga, dice la antigua consigna, divisa que aspiraba a oponer como señala Gandía, para quien un gran título sostenido es una vergüenza los actos de nobleza a los actos de villanía, pues si por ello se juraba.

 

Así decía Viscay “es verdad que no atendiendo el noble a propias acciones honestas, se entregue a las feas, que es echar borrones en las imágenes y memorias de los antepasados, con tanto mayor oprobio y mancilla cuanto ellos fueron más ilustres”. Lo que Manuel de Faria expresaba con mayor concisión: “Nunca fue bajo de linaje quien ejecutó grandes obras ni grande el que las tuvo viles”.

 

Pero fue Séneca quien dijo la más alta verdad frente a las vanidades genealógicas: “también el ánimo virtuoso y generoso se puede hallar no sólo en los caballeros, sino en los plebeyos y esclavos”.

 

Porque en la antigüedad fue mucho más viva que hoy la discriminación del linaje, de la riqueza y la pobreza, ejes de la familia: “El dinero vence, el dinero reina y el dinero tiene imperio en todas las cosas”, decía Alano. “Las riquezas hallarán amigos y honores”, decía Platón; “La hacienda, como rica, da linaje y hermosura”, decía Horacio; y Aristóteles, con toda su hondura de filósofo, forjaba esta poética sentencia: “La nobleza no es otra cosa sino una antigua riqueza y virtud”.

 

Con razón, pues, el hidalgo Ramón Guerra Azuola decía estos conceptos fundamentales, que lo resumen todo: “Yo sé bien que el hombre es hijo de sus propias obras, y que el lustre de sus mayores no se refleja en sus descendientes sino con muy pálidos destellos; pero es un hecho evidente que el hijo de buena cuna da en lo general más garantías de honradez y caballerosidad que el que la tuvo oscura o vergonzosa, porque el lustre de los abuelos es un freno que nos contiene desde los primeros años, obligándonos a reprimirnos en el ardor de las pasiones juveniles y a procurar que siempre sean buenas y dignas de nuestros antepasados las obras que nos han de crear una posición en la sociedad. Un abolengo ilustre, o por lo menos limpio, una memoria venerable, una progenie más noble de conducta que de sangre, son el mejor ejemplo a la vez que el más eficaz correctivo que se puede tener en la vida”.

 

Estos apuntes y documentos, es claro, son susceptibles de ampliación y rectificación indefinidas, porque es difícil que en la complicada urdimbre de las genealogías no haya omisiones y yerros.

 

Esta es, pues, una contribución al conocimiento de los orígenes de las familias dominicanas, algunas desaparecidas, otras olvidadas y empobrecidas, otras definitivamente radicadas en otras playas y otras actuantes, con renovados elementos de poderío, de riqueza o de virtud, en la vida de nuestros días”.

 

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